Celebración
Maria Canudas, 2006

Un mes antes de Navidad, los abuelos de Tanit Plana y sus amigos organizan una celebración que han bautizado con el nombre de la Fiesta de Prenavidad. Ocho años atrás inventaron este evento que repiten anualmente con el único pretexto de inaugurar la temporada navideña. Alquilan una casa a las afueras del pueblo por el precio de seis euros a repartir entre todos. Preparan comida sin florituras, la de toda la vida: cada uno se trae su propia ensalada y luego todos juntos cocinan la carne y las patatas. La ya experimentada mirada de la Tanit sobre las intimidades del mundo que la rodea, captura en Celebración la sencillez y afabilidad de este acontecimiento.

En el intento de comprender las motivaciones que han llevado a estos abuelos a inventar la festividad, resulta fundamental echar un vistazo tanto al pasado de los personajes como al entorno rural en el que están insertados. Nacidos alrededor de los años 20, pertenecen a una generación marcada por la oscura etapa política de la Dictadura de Franco instaurada en España desde 1939 hasta 1975. Este período histórico convirtió sus vidas en un inventario de represiones morales, políticas y culturales, dejando en herencia un arraigo profundo a los valores de la familia y la religión. ¿Y qué es la Navidad sino la mejor oportunidad para practicar estos valores?. Resulta lógico pues, que la utilicen como pretexto para improvisar prolongaciones de la festividad.

Por otro lado, cabría preguntarse en que medida las características del entorno en el que tiene lugar la celebración son causa de su existencia. No es casual que ocurra en un medio rural, pues la proximidad humana de los personajes no casa con los rasgos esenciales que propicia la ciudad. Las sociedades urbanas, tejidas con precarias relaciones interpersonales que no tienen otro destino que disolverse al poco tiempo de haberse generado, proponen una forma de vida social con debilitados valores humanos. En contraste, incluso en contradicción, lo rural propicia un espacio para lazos más estables entre sus miembros quienes comparten unos visión y expectativas vitales homogéneas. La Fiesta de Prenavidad emerge de esta cohesión humana propiciada en un espacio local.

Pero al margen de contextos y pretextos, existe en el acontecimiento algo más punzante. En su relato visual la fotógrafa nos transporta del suceso concreto de sus personajes a un plano más general de la experiencia humana, dejando al descubierto un terreno para la exploración de los límites difusos entre la vida y la muerte. Todos lo elementos puestos en juego – la comida, el entorno, incluso la Navidad- se convierten en accesorios para cumplir con un único fin: celebrar el hecho de que por un año más pueden volver a hacer lo mismo.

De todos los seres vivos el hombre es el único que posee conciencia de su propia finitud, a pesar de que en lo más profundo de nuestro inconsciente nos guste convencernos de que somos inmortales. No sabemos imaginar el instante final. Por ello hemos aprendido a enfrentar la batalla en silencio, obviando lo que será inevitable. Pero a medida que se acumulan los años su presencia se consolida: amigos y familiares de la misma generación fallecen, la muerte se convierte en un tema central de conversación, empezando a formar más parte de la vida que la propia vida. La proximidad del fin, la conciencia de que pronto le tocará a otro y que ese otro puede ser uno mismo, es lo que habita, y nos agita, en las imágenes.

En la fotografía de fin de fiesta los invitados posan con sonrisa regalada bañados en una reveladora luz de atardecer. Entregados al acto de ser fotografiados, viviendo una experiencia de resonancias barthianas, experimentan un ensayo de la muerte: reafirmando el hecho de que todavía están ahí, se anticipan al acontecimiento de que un día –posiblemente no muy lejano- desaparecerán. Inmortalizando el presente que todavía es presente es su forma de afrontar lo que pronto se habrá convertido en pasado. Así aseguran su permanencia.

Plana captura este espacio fronterizo entre la vida y la muerte, retratando a unos personajes que están suspendidos entre un estadio vital y otro. La celebración, por tanto, no puede más que definirse como rito de paso, como la ceremonia que marca la culminación de un proceso, anunciando la iniciación del siguiente.

Los rituales de transición de nuestra cultura han sido en buena medida demarcados por un uso doméstico de la imagen fotográfica. La acumulación en los álbumes familiares de instantáneas de aniversarios, bautizos y bodas, adquiere su sentido como una afirmación y autentificación de los estados vitales que hemos alcanzado. El anual retrato con pastel de cumpleaños o la imagen de los recién casados bajo una lluvia de arroz, son la prueba de que un cambio, merecedor de ser recordado, ha tenido lugar. En este punto parece relevante destacar la ausencia de imágenes representativas de instantes considerados como mundanos o tabú. Entre ellos, el más flagrante, el de la muerte. La inexistencia de imágenes de funerales en las colecciones familiares pone en evidencia una negación cultural del fin de la vida.

Tales omisiones en la iconografía familiar han sido objeto de exploración en la trayectoria de Tanit Plana. En su trabajo Residencia (2004) Plana documentaba la muerte y entierro de su abuelo. Celebración, sin mostrar un rito de paso tan dogmático, funciona como un signo de predestinación de la ceremonia final, una insinuación de lo que todavía no es pero que inevitablemente será. Muestra que el tránsito hacia la muerte es parte inseparable del ciclo vital, como el tramo nubloso de ese camino con el que la fotógrafa cierra esta pequeña historia.

Tomando como materia prima su entorno inmediato, las experiencias y transiciones vitales de los seres humanos con los que comparte su vida, Plana construye narrativas visuales de las relaciones y experiencias íntimas. Pero lejos de plasmar meros pasajes hogareños, sus imágenes toman una voz universal, y de mayor profundidad, arrojando luz a lo inefable de los cambios vitales. En esta trayectoria, Celebración añade un nuevo capítulo no sólo en la historia particular de la familia de la fotógrafa, sino también a una historia de las vivencias y emociones humanas.