Siento decir que no
Bea Espejo, 2005

Quizá sí, que la mayoría de veces, las cosas no son exactamente lo que deberían de ser y que a menudo no ocurren ni en el momento ni en el lugar ideal. Que se suceden libremente en tiempos simultáneos pero a la vez, tan diversos, y que podrían detenerse en un momento cualquiera. Que sin más, las cosas parecen, tantas veces, lo que todavía no han sido o lo que ya no volverán a ser, y que lo que exactamente son es un tanteo entre sí y no, que no hace más que remitirnos a esa interminable lista de necesidades relativas que todos tenemos en algún lugar.
Ahí están los extremos antagónicos pero inseparables, los paralelismos llenos de desviaciones o las certezas que desorientan. Aquello que es lo que no se sabe, que no está ni antes ni después de nada y cuyo sentido está en ese interrogante que despierta la duda. Que no está ni en la afirmación ni en la negación de algo. Sino en la incertidumbre. En todo eso que no deja de pasarnos continuamente.

Situada ahí, Tanit Plana habla, en sus fotografías, exactamente de eso: de las cosas que nos ocurren y de las que no. Casi, de anécdotas, de pequeños hechos particulares de la vida de alguien. A veces son las mismas personas, otras veces son diferentes. Y, a veces, las personas diferentes se convierten en las mismas y las mismas desaparecen. Todas ellas parentela inmediata de la artista, en cada imagen vienen a ser la biografía de alguien. Pequeñas situaciones construidas a base de cosas de la vida corriente. De hechos también, que escapan de los estados de las cosas. Momentos que no son tanto del pasado, sino que son eternamente los que llegan, los que no pasan. Aunque hablen de memoria y remitan a recuerdos, son más bien, momentos que intentan definir un tiempo como sucesión de algunos hechos recientes y un espacio que intenta englobar la simultaneidad de los mismos. Esos que se recorren en su exterior a partir de caminos y trayectorias interiores.

Ahí está, sin ir más lejos, su proyecto Casa (2003): testigos indirectos de la vergüenza de dormir con su madre en Sabadell, de la claustrofobia de aquella habitación oscura en Gironella o del recuerdo presente de Pau mientras Sergi duerme ausente en Porto Petro. Imágenes ligadas a espacios de espera, precauciones, dudas, intimidad o soledad. Todas ellas, vivencias sin dirección, donde todo, de golpe, se convierte en recuerdo. Es entonces cuando todo parece exaltarse en la memoria a partir de que se olvida: la bata azul cielo de la tía, el sofá marrón de siempre, el tapete blanco de la mesa. Detalles íntimos, casi fisuras minúsculas donde completamente todo pasa. Ambientes que parecen, al mismo tiempo distantes y ajenos, pero que ofrecen algo así como una vía de acceso. Allí desde donde la artista se afirma sin verse, sabiendo que no. Que ya no está ahí.

Es a partir de ese momento, cuando las imágenes que empieza a hacer de su entorno más cercano o cotidiano, acaban convirtiéndose en una geografía que, cada vez mayor, se va reinventando sin cesar. En ese álbum familiar, las fotografías se contienen y bastan. No son el mundo, pero la verdad que proponen se nos antoja igual de válida que cualquier otra. Se ordenan no tanto como objetos cerrados sino como procesos, y se abren a nuestra lectura en forma de distancia que, lejos de llevarnos a un centro, nos dan la posibilidad de ver diversas historias repartidas en círculos. En contínuos círculos cíclicos.

Fue así como empezó a hacer fotos de la residencia de sus abuelos en 1999 y como elaboró Yayos (2002). Percatándose de esos períodos de tiempo iguales, que se suceden sin interrupción, pero que a menudo, parecen no avanzar. Era esa, la sensación que la artista tenía de esa residencia que, tras quince años de habitarla, sus abuelos consideraban su casa. Contrariamente a cualquier otro escenario doméstico, todo lo que se mueve y cambia allí parecía estar en el tiempo, pero contradictoriamente, el propio tiempo parecía no cambiar. De nuevo esas cosas que se van acumulando a lo largo de la vida (los mismos vestidos de siempre, los mismos peinados, los mismos gestos sentados en la silla) son las que sitúan a la artista al margen de la vida de sus abuelos, convertida ahora en observadora. Mirando desde dentro, pero también desde fuera, bajo la fascinación por la durabilidad de las cosas y sus consecuencias. A sabiendas de que hay cosas que podrían durar más y más, y donde no nos queda más que aceptar que todo es igual.

Un hecho imprevisto, aún así, cambió radicalmente la percepción que hasta entonces había tenido de ese lugar. Residencia (2004) empieza con él: con la muerte de su abuelo y las imágenes de su entierro. Aquel espacio que hasta entonces le parecía una cápsula suspendida en el tiempo cambia de golpe. También para su abuela. Sin aviso, pasa a ser como un trastorno desconocido que lleva consigo también un trastorno del tiempo. Como la sensación de asistir a algo muy antiguo y todavía por venir. Detrás de las fotografías que la artista hace de la convivencia con su abuela en su espacio residencial, en el que se instala para compartir su atmósfera, sus dudas, sus silencios y sus confidencias, está presente la búsqueda de similitudes, de necesidades e intercambios reales, de afinidades afectivas. De un momento en que recordar y morir coinciden, y de lo imposible de quedarse allí donde ya no.

Aunque sus fotografías a menudo remiten a momentos emocionalmente intensos, el trabajo de Tanit Plana parece, aún así, crear superficies. Con sus imágenes parece sumergirse y volver a subir a la superficie mientras se desliza sobre dos ejes: uno diacrónico y otro sincrónico. Uno que es preludio, antecedente hacia donde se dirigen sus pasos; el otro que marca una y otra vez su distancia con el mundo, para entonces poder recorrer todo aquello que le separa de él y ocupar su lugar entre las cosas. Unas imágenes que avanzan hacia un punto que no deja de alejarse, hacia un destino al que parece ser imposible acceder y donde al final, ese movimiento contradictorio se transforma en un objetivo en sí mismo. En ese sí y no cíclico. En un círculo más.

Ese simple hecho de avanzar protagoniza de manera especial el último de sus proyectos. Prótesis (2005) busca esa sosegada distancia en que las vidas se equilibran. Una voluntad que se convierte en una forma de estar en el mundo, aunque el mundo siempre permanezca más allá de nuestro alcance. 
Todas sus fotografías muestran situaciones que se definen por la posibilidad de cambiar un momento y son, como la deriva, pasos ininterrumpidos a través de ambientes diversos. La historia de dos personas para conseguir aquello que quieren. Uno es un hombre mayor que quiere morirse; la otra es una chica joven y su pareja que quieren tener un hijo. El primero es el abuelo y la segunda la propia Tanit. Él busca la muerte y ella busca la vida. Sus deseos son antagónicos, radicalmente contrarios, pero esconden algo en común: la necesidad de un pequeño accidente. 
Entre sus imágenes, de nuevo están los percances casuales, el contraste de un delicado aire desangelado, los retratos de lo desapercibido. Aquello camuflado en los comportamientos de momentos concretos. De nuevo, el deseo de semejanzas a partir de la diferencia, la necesidad de intercambios tangibles y el gesto de espera. Una vez más, relatos de lo que puede pasar entre la gente. De los elementos laterales y colaterales que envuelven nuestras relaciones. También las que se tienen con uno mismo.

De nuevo ella y su familia. Todos, como en medio de un nudo. Protagonizando una historia donde no parece existir ni comienzo ni final. Sólo espera. Sintiendo el accidente continuo por accidente. Eso es, por casualidad. Atentos a todo aquello que es pero que podría no ser. Todos como en suspensión. No con gesto de indiferencia, sino todo lo contrario, con la expectativa de una posibilidad. Ahí donde no se puede afirmar ni negar nada, ni aceptar ni rechazar y donde cualquier cosa está, en todo caso, en potencia. Expuesta pues, a que pueda acabar convirtiéndose en una contradicción.

Ahí está su abuelo y sus reiterados intentos de suicidio. También la propia artista y sus insistentes intentos por tirar adelante un embarazo. Los dos sin éxito. Los dos con sus propios deseos y sus propias frustraciones. Entre la aceptación y al mismo tiempo, el rechazo, entre la pérdida y la insistencia. Latente está en las fotografías esa tensión psicológica provocada por ese obstáculo que dificulta llegar a cada objetivo. Las circunstancias adversas. La confusión y hasta cierto bloqueo. Como si de pronto hubiéramos descubierto que la realidad entera no es sino un tejido de pequeños acontecimientos relacionados los unos con los otros sin remedio. Un círculo que a veces, no acaba de cerrarse.

Prótesis habla de la imposibilidad. De aspiraciones y anhelos. De lo inesperado y lo dispar. De una naturaleza presente y de una soledad lejana. De estar abiertos a la posibilidad de que las cosas que pasan no pasen como deseamos. De estar abiertos, también, a lo que pasa sin más. De nuevos escenarios domésticos en los que proyectar miedos, temores y experiencias a través del otro. De la falta de poder para hacer una cosa. En sí, de algo que todavía no.

Con una estética cercana al reportaje documental, Tanit Plana no hace más que señalar aquello que más conocemos: el espacio y la vivencia cotidiana. Desde el interior de las casas, que es un pretexto para hablar de aquello que es más difícil de atrapar, el interior de las personas. A los rincones de la residencia, como lugares en los que el yo se pierde y se encuentra alternativamente, donde parece disolverse y tratar de reponerse de nuevo. Hasta los encuentros y reuniones familiares que también captura, todos ellos, como momentos de intimidad en los que parece que no pasa nada. Igual de aparentemente irrelevantes que los paseos que, siempre por el mismo camino, hace actualmente con su abuela. Un lugar y una compañía de sobras conocidas pero donde a menudo quedamos rápidamente descubiertos o desprotegidos. 
En todas sus imágenes está, pues, lo contingente: lo incierto, aleatorio, lo posible o eventual. La experiencia última del vivir diario. La costumbre y la dependencia. La pérdida, la dificultad o el desengaño. La voluntad, la esperanza o el deseo. Lo precario y lo necesario. El contacto y lo fortuito. La impotencia y la esperanza.

Una larga lista de cosas que no duran más de lo que son en cada momento, y tras la que no hay más remedio que aceptar que, cuando cada momento pasa, ya nada es lo que era.